La zona lumbar: la que más sufre, pero no siempre la culpable
El dolor lumbar es, probablemente, el motivo de consulta más frecuente en cualquier contexto de salud musculoesquelética. Lo ha sido durante décadas. Y sin embargo, seguimos abordándolo muchas veces de la misma manera: mirando donde duele, tratando donde duele y esperando que eso sea suficiente.
A veces lo es. Pero muchas otras, no.
Porque la zona lumbar tiene una particularidad que la hace especialmente vulnerable: está en medio de todo. Entre la cadera (que necesita mucha movilidad) y la columna torácica (que debería moverse más de lo que lo hace en la mayoría de las personas). Y cuando alguna de esas dos regiones no cumple su función, la lumbar compensa. La lumbar siempre compensa.
¿Por qué mirar más allá de la zona lumbar?
Hay un concepto que se utiliza mucho en el mundo del entrenamiento y la readaptación y que aquí encaja perfectamente: la idea de que el cuerpo alterna segmentos móviles y segmentos estables a lo largo de la cadena articular.
¿Qué pasa cuando un segmento móvil pierde su movilidad? Que el segmento estable que está al lado tiene que compensar moviéndose más de lo que debería. Y ese movimiento extra, repetido en el tiempo, suele traducirse en dolor.
La lumbar es, por definición, una zona que necesita estabilidad. Pero está rodeada de articulaciones que necesitan moverse bien. Si la cadera no se mueve, la lumbar se mueve de más. Si la torácica está rígida, la lumbar se mueve de más. El patrón se repite.
Dato relevante: diversos estudios han documentado que personas con dolor lumbar crónico presentan, en una proporción significativa, limitaciones en la movilidad de la cadera o de la columna torácica que preceden o acompañan al dolor lumbar. Esto no significa que siempre haya una relación causal directa, pero sí que existe una asociación relevante que merece evaluación.
La cadera y su relación con el dolor lumbar
La articulación coxofemoral es una enartrosis diseñada para moverse en los tres planos del espacio. Tiene un rango de movimiento amplio —o debería tenerlo— en flexión, extensión, rotación interna, rotación externa, abducción y aducción. Cuando todo funciona bien, la cadera absorbe la mayor parte de las demandas de movimiento del tren inferior.
Pero cuando la cadera pierde rango —ya sea por rigidez de la cápsula, acortamiento muscular, cambios articulares o simple falta de uso—, la lumbar empieza a asumir trabajo que no le corresponde.
Ejemplos concretos:
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Falta de extensión de cadera: al caminar, correr o hacer un peso muerto, si la cadera no extiende bien, la extensión se produce desde la lumbar. Esto genera una hiperextensión repetida en L4-L5 y L5-S1 que puede sobrecargar las facetas articulares y el disco.
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Falta de rotación interna: en movimientos deportivos como el swing de golf, lanzamientos o cambios de dirección, la rotación que debería absorberse en la cadera se traslada a la columna lumbar. Y la lumbar no está diseñada para rotar mucho.
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Falta de flexión de cadera: al agacharse a coger algo del suelo, si la cadera no flexiona lo suficiente, la flexión viene de la lumbar. Esto estira las estructuras posteriores (ligamentos, disco, musculatura) y puede ser un factor contribuyente al dolor.

Implicación clínica: cuando alguien tiene dolor lumbar recurrente y evaluamos su cadera, muchas veces encontramos restricciones significativas en uno o varios planos. No es casualidad. Es biomecánica.
La columna torácica: la vecina rígida
Si la cadera es la vecina de abajo que no se mueve, la columna torácica es la vecina de arriba con el mismo problema. Y la lumbar, en medio, absorbe las consecuencias de ambas.
La columna torácica está diseñada para moverse, especialmente en rotación y extensión. Tiene una cifosis natural que le permite un buen rango rotacional gracias a la orientación de las facetas articulares. Pero en la práctica, la mayoría de las personas tienen una torácica mucho más rígida de lo que debería ser: por postura, por hábitos, por falta de movimiento variado.
¿Qué pasa cuando la torácica no rota?
Los movimientos que implican rotación del tronco —lanzar, golpear, girar para mirar atrás— necesitan que la rotación se reparta entre la torácica y la lumbar. Pero si la torácica contribuye poco, la lumbar tiene que rotar más. Y cada grado extra de rotación en la lumbar es un grado que sus estructuras no están preparadas para absorber de forma repetida.

¿Y cuando la torácica no extiende?
En movimientos por encima de la cabeza —coger algo alto, press militar, servicio de tenis—, la extensión torácica permite que los brazos se eleven sin comprometer la lumbar. Si la torácica no se extiende, el movimiento se compensa con una hiperextensión lumbar. Esto comprime las carillas articulares posteriores y puede generar dolor, especialmente en personas que ya tienen una lordosis acentuada.
La articulación sacroilíaca: la gran olvidada
La sacroilíaca (SI) es una articulación que genera bastante debate. Tiene poco movimiento —entre 2 y 4 grados según los estudios—, pero su función es crucial: transferir las cargas entre el tronco y las piernas.
Si esta articulación pierde su capacidad de transferir carga de forma eficiente —ya sea por hiperlaxitud, por disfunción del sistema de cierre de fuerzas o por irritación—, la zona lumbar baja puede verse directamente afectada.
Mecanismos implicados:
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Déficit de cierre de fuerzas: la SI se estabiliza por la forma de las superficies articulares (cierre de forma) y por la tensión muscular y ligamentosa circundante (cierre de fuerzas). Si los músculos que contribuyen a ese cierre —glúteo mayor, bíceps femoral, dorsal ancho a través de la fascia toracolumbar— no funcionan bien, la articulación se vuelve menos eficiente y la lumbar compensa.
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Patrones asimétricos: las disfunciones sacroilíacas suelen ser unilaterales. Esto genera asimetrías en la pelvis que pueden traducirse en cargas desiguales sobre la columna lumbar, especialmente en los segmentos más bajos.
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Dolor referido: a veces, lo que parece dolor lumbar bajo es en realidad dolor originado en la sacroilíaca. La zona de referencia se solapa, y sin una evaluación cuidadosa es fácil confundir uno con otro.
El “core” como sistema, no como abdominales
Cuando hablamos de estabilidad lumbar, inevitablemente sale la palabra «core». Pero lo que mucha gente entiende por core —los abdominales, especialmente el recto del abdomen— es solo una parte pequeña de un sistema mucho más complejo.
La estabilidad de la columna lumbar depende de un cilindro de presión formado por:
- Diafragma (techo)
- Suelo pélvico (suelo)
- Transverso del abdomen (pared anterior y lateral)
- Multífidos (pared posterior)

Cuando estos cuatro componentes trabajan de forma coordinada, generan una presión intraabdominal que sostiene la columna desde dentro. Es un sistema anticipatorio: se activa antes de que se produzca el movimiento, preparando la columna para recibir la carga.
El problema no suele ser de fuerza, sino de timing y coordinación. En personas con dolor lumbar, los estudios han demostrado consistentemente que el transverso del abdomen y los multífidos se activan con retraso respecto a las personas sin dolor. Llegan tarde, y la columna se queda momentáneamente sin su sistema de protección.
Hacer mil abdominales no soluciona esto. Lo que lo soluciona es reentrenar el sistema: primero la activación, luego la coordinación con el movimiento, y después la integración con cargas y gestos funcionales.
Estrategias según el gesto: la lumbar no se carga igual en todo
Igual que explicábamos en el post sobre el serrato anterior y el manguito rotador, el contexto del movimiento importa. La zona lumbar no responde igual a todos los gestos, y entender las demandas específicas de cada uno es clave para la readaptación.
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Levantarse del suelo / peso muerto: la demanda principal es mantener la rigidez del tronco mientras la cadera genera la fuerza. Si la cadera no colabora o el core no estabiliza a tiempo, la lumbar flexiona bajo carga. Es una de las situaciones de mayor riesgo mecánico.
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Sentadilla: aquí la lumbar debe mantener su posición neutra durante todo el rango. El famoso «butt wink» —esa retroversión pélvica que ocurre al final del rango— puede o no ser un problema, pero si es excesivo y repetido, somete al disco a estrés flexor bajo compresión.

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Rotaciones y lanzamientos: como ya hemos visto, la rotación debe venir principalmente de la torácica y la cadera. La lumbar actúa como transmisor de fuerzas, no como generador de rotación. Cuando esto se invierte, las estructuras posteriores (facetas, disco) sufren.
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Sedestación prolongada: no es un gesto deportivo, pero es probablemente la situación que más horas acumula para la mayoría de la población. La flexión lumbar mantenida en el tiempo reduce la presión intradiscal anterior pero aumenta la posterior, estira los ligamentos posteriores y desactiva la musculatura estabilizadora. El problema no es sentarse, es cómo y cuánto tiempo.

- Marcha y carrera: durante la carrera, la lumbar debe soportar fuerzas de impacto de 2 a 3 veces el peso corporal en cada zancada. Si el sistema de estabilización no anticipa correctamente o la cadera no absorbe impactos, la columna lumbar recibe una carga acumulada que puede ser significativa en el tiempo.
Entender esto es clave en readaptación: no basta con “fortalecer la espalda”. Hay que preparar la zona lumbar para las demandas reales que va a enfrentar.
Posicionamientos y formas de trabajar
No hay un ejercicio mágico para el dolor lumbar. Pero sí hay progresiones lógicas que permiten ir reconstruyendo la estrategia de estabilización:
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Posiciones de baja carga (supino, cuadrupedia): permiten trabajar el control motor del cilindro abdominal sin que la gravedad complique las cosas. Ejercicios como el dead bug o el bird dog son excelentes puntos de partida.
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Posiciones intermedias (sentado, arrodillado): aumentan la demanda postural y obligan al sistema a trabajar contra la gravedad, pero con un centro de masa bajo.
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Bipedestación y cadena cerrada: ejercicios como el hip hinge con carga ligera, sentadillas goblet o pallof press trabajan la estabilidad lumbar en contextos cada vez más exigentes.
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Movimientos integrados y funcionales: gestos que combinan planos de movimiento, velocidad o carga y que se acercan a las demandas reales del deporte o la vida diaria de la persona.
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Trabajo de movilidad de zonas vecinas: en paralelo a todo lo anterior, trabajar la movilidad de cadera y columna torácica es fundamental. Si no devolvemos rango a las zonas que necesitan moverse, la lumbar seguirá compensando.
La progresión lógica va de más control y menos carga a más complejidad y más demanda. Lo importante es que la persona mantenga una estrategia de estabilización eficaz en cada nivel antes de progresar al siguiente.
Errores comunes en el abordaje del dolor lumbar
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“Fortalece la espalda”: el dolor lumbar rara vez se soluciona con más fuerza en la espalda baja. Si el problema es de control motor, timing o movilidad de zonas vecinas, hacer extensiones lumbares en máquina no va a resolver nada.
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Reposo absoluto: salvo en fases muy agudas, el reposo prolongado es contraproducente. Desensibiliza la zona, sí, pero también descondiciona la musculatura y empeora el pronóstico a medio plazo.
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Ignorar la cadera y la torácica: evaluar solo L4-L5 cuando la cadera apenas rota internamente es como mirar solo el neumático que está desgastado sin revisar la alineación del eje.
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Obsesionarse con la postura “perfecta”: no existe una postura ideal universal. Lo que importa es la variabilidad: poder moverse entre distintas posturas y no quedarse atrapado en una sola durante horas.
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Evitar la flexión a toda costa: la columna lumbar está diseñada para flexionarse. El problema no es la flexión, es la flexión repetida bajo carga alta sin preparación o sin control. Demonizar un movimiento natural genera más miedo que soluciones.
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No progresar hacia el gesto real: como siempre, el trabajo analítico tiene su momento. Pero si nunca llevas la estabilización al contexto de la sentadilla, la carrera o el movimiento deportivo que necesita la persona, la transferencia será limitada.
Ideas clave para readaptación y entrenamiento
Si trabajas en readaptación o entrenamiento y quieres mejorar tu abordaje del dolor lumbar:
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Mirar las articulaciones adyacientes. Evalúa cadera, torácica, sacroilíaca y control motor del core. Muchas veces la solución está arriba o abajo, no donde duele.
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Entrena estabilidad, no rigidez. El objetivo no es tener una lumbar que no se mueve, sino una lumbar que sabe cuándo moverse y cuándo no. Estabilidad dinámica, no férula muscular.
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Recupera movilidad donde se necesita. Si la cadera o la torácica no se mueven, tu programa de “core” estará parcheando un problema que seguirá existiendo.
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Progresa con lógica. De posiciones controladas a gestos complejos. De baja carga a alta demanda. De lentos a rápidos. El cuerpo necesita tiempo para recalibrarse.
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Piensa en la tarea, no solo en el músculo. La persona necesita volver a agacharse, a correr, a jugar con sus hijos o a competir. Diseña la readaptación hacia esa meta concreta.
Reflexión final
El dolor lumbar es complejo. No porque la anatomía sea complicada —que lo es—, sino porque casi nunca se explica por una sola estructura o un solo fallo. Es el resultado de un sistema que no está coordinando bien: zonas que no se mueven lo suficiente, músculos que llegan tarde, cargas que se acumulan donde no deberían.
Abordar el dolor lumbar con visión global —mirando la cadera, la torácica, la pelvis, el control motor y el contexto del movimiento— no es una moda. Es simplemente ser riguroso con la biomecánica.
La zona lumbar es un eslabón dentro de una cadena. Tratarla como tal es el primer paso hacia una readaptación con criterio.
Referencias
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